Desde las entrañas del volcán

Desde las entrañas del volcán
Blog-experimento. Espacio onírico. Utopía en proceso de construcción. Soy comunicadora audiovisual, guionista, escritora, feminista, militante de lo colectivo, artista, activista, anticapitalista y hechicera de la revolución. Colaboro con varias publicaciones y me apunto a un bombardeo. Para propuestas amorosas y proyectos contacta conmigo: garcialopez.alejandra@gmail.com

jueves, 31 de octubre de 2013

Time to be



...El futuro no es tan lejos. Todo lo contrario. Es muy cerca. Es casi ahora, más bien un poco después, pensaba el marchito hombre de pelo plata en cuyo ceño fruncido podía observarse el rastro de la extrema preocupación...Porque en realidad, reconozcámoslo aunque no nos guste, el presente dura muy poco. Se extingue en cada segundo prácticamente, murmuraba entre susurros mientras se dejaba caer, extasiado, sobre el sillón orejero que había junto a la lumbre...¿Y el pasado?,¡oh!...el pasado no debe atraparnos demasiado, casi nada. Nada más que lo justo... 

El viejo de edad imponderable contemplaba, en la esfera de su reloj de bolsillo, las marcas de expresión que habían aparecido alrededor de su ojo...El tiempo ya no existe. El movimiento ya ni siquiera es. El tiempo soy yo y yo ya no me muevo. Estoy muerto y conmigo él.  

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Malpaís





Isla perdida de la Macaronesia. En una comunidad cuya virtud parece ser la libertad más absoluta tanto sexual, como personal y profesional, la llegada de un escritor, extranjero para los habitantes de la isla,  provoca el caos. Tras la caída del velo, las mujeres y hombres del pueblo comienzan a hacerse conscientes de las estructuras de poder, dominación y servidumbre, que reinan allí, convirtiendo la utópica y pacífica comunidad de habitantes, en un gulag que se hace visible bajo la tutela de un cabrero que se cree en poder absoluto de las divinidades terrenales. Así el escritor, que huyó allí en busca de equilibrio por lo excéntrico de sus costumbres, descubre que ese pueblo es sólo una muestra radical del mundo del que proviene, dónde ya no hace falta la violencia física como garantía de la dominación porque los habitantes de la isla se habían convertido, ellos mismos, en perpetuadores y ejecutores de la  dominación misma. Así por un deseo de la propia isla y el amor infernal que vive con la hechicera del pueblo, el extranjero será el instrumento para invertir las relaciones de ése microcosmos, a través de una erupción volcánica, y devolverá a la tierra su estado originario. 







jueves, 1 de agosto de 2013

Cachorros




Chispas que encienden el fuego sagrado, gotas que brotan del interior hacia el océano de la vida, magma incandescente que fluye silencioso hasta que hace rugir a la madre. Celebración de la vida, la alegría y el deseo: oh, amor, ese día caerán las fronteras, se inundarán los valles y se removerá la tierra ¡cuando los niños gobiernen el mundo, emergerá del fondo la Altlántida perdida y vendrás a mis brazos, a vivir conmigo y seremos libres!

martes, 21 de mayo de 2013

Arcadia en el país de los miembros erectos

Imagen de Ellen Rogers


Caya estaba pletórica; como si el volcán que tenía dentro hubiera entrado en erupción, y ése estallido se tradujera en un chorro de vida que la elevaba varios centímetros sobre el suelo y le iluminaba el rostro.  Mientras recibía las felicitaciones de amigos y asistentes a la presentación, tenía la sensación de que, por primera vez en sus veintiocho años de vida, todo encajaba.  Ésa emoción que se balanceaba entre dos aguas -el éxtasis y la calma- se transformaba en una melodía tribal que taponaba sus oídos haciendo que apenas pudiera escuchar lo que le decían.  Pero como lo bueno no puede durar eternamente, un factor externo interrumpió su momento de gloria. Era la atrevida mano de su obsceno editor que, por haber puesto pasta para publicar su libro, se creía con derecho a invadir su esfera íntima y contaminar su espacio.  Ése espacio que empieza dónde termina la espalda y termina dónde empieza lo que burdamente se conoce como raja del culo.  De pronto se sintió mal por haberse puesto ésa falda de gasa negra porque podía notar cómo la temperatura de la mano del invasor aumentaba al entrar en contacto con la piel que recubre el huesito dulce. El malestar se pasó cuándo vio de lejos a su amiga Catalina porque recordó lo que ella siempre le decía -cariño, podemos y debemos vestirnos como nos salga del coño. Es la mirada turbia de los hijos del patriarcado lo que es enfermizo, no nuestra forma de vestir. Mira los bosquimanos, en pelotas todo el día, y allí no pasa nada-. Entonces él le propuso ir a tomar una copa para celebrarlo, pero Caya mintió diciendo que ya había quedado.  Y debía ser verdad la sensación que tenía de que todo encajaba porque conforme terminaba de pronunciar la última palabra que completaba la mentira  otra mano le tocó el hombro para hacerla real. 
Un escalofrío recorrió su espina dorsal, como si una serpiente inquieta la abrazara.  Caya siempre se había fiado de su intuición. Creía que era un don especial que tenía y que unas veces le hacía favores, y otras se volvía en su contra. Pero en ese caso no. Sabía de quién era ésa mano y, aunque no quería confirmar aún su identidad, la intuía nítida como si de una premonición se tratase.  Despachó al editor en, como mucho cuatro segundos, el tiempo que tardó en desacelerar su corazón y reafirmar su autoestima con valentía.
Pero aunque su intuición estaba en lo cierto, las cosas nunca van a suceder tal y como pensamos porque en ése momento siempre aparece la misteriosa diosa de la incertidumbre para cambiar el rumbo de lo previsto.  Fue esbozar una variación en la dirección del pie con el que pensaba impulsarse para dar el giro y Fabián, el niño monísimo que ahora se había convertido en un apuesto Don Juan, se abalanzó para darle un cariñoso abrazo que ella no supo encajar.  Dio un salto hacia atrás como si tuviera afefobia y después se quedó tiesa; con la sensación de tener un palo de billar metido en el ano que le impedía realizar movimiento alguno.  Con sonrisa profident el caballero oscuro pronunció las primeras palabras con voz ansiosa: -¡Joder, Caya! Qué sorpresa tía, estás guapísima.  He tenido un día de mierda pero un reencuentro como éste me lo ha alegrado. Por cierto, felicidades por el libro y la presentación. ¡Has estado estupenda! Aunque no esperaba otra cosa, de teenager ya apuntabas maneras-. 
Caya sentía la palpitación de su corazón en los oídos, el pecho, la garganta y el estómago. Sólo sonreía por miedo a que su voz no sonase, al haber quedado atrapada entre latido y latido. Tuvo un flashback  que duró tan sólo un segundo y la transportó a aquel verano; cuándo sus padres le presentaron al chico de sus sueños y cuándo él le preguntó qué tal estaba, ella respondió con su nombre de pila. Se volvió a sentir estúpida por un momento hasta que algo salvaje le dio una bofetada interior y le obligó a hablar. Dijo todo lo contrario a lo que pensaba: -perdona, ¿nos conocemos?-. Entonces vio como el rostro de Fabián se torcía porque probablemente algo en su interior también le había propinado una fuerte bofetada.  Pero él parecía tener una capacidad de reacción mucho más rápida que la de ella. Y respondió hábilmente, -soy Fabián el de aquel maravilloso verano en Los Gigantes. Estaba en dos cursos más que tú en las escuelas Pías-.  Entonces, Caya se puso la máscara y dejó que la conversación fluyera. -Dios mío, Fabián. ¡Estás cambiadísimo!. No te había visto, y de hacerlo, no te habría reconocido. Bueno cómo habrás podido comprobar-.  Caya sintió temblar la parte superior de su labio al tiempo que sabía que no estaba siendo una buena coagente de la acción comunicativa. 
El rió como si lo que ella había dicho fuera gracioso. A ella no se lo parecía, pero se alegró de que al menos hubiera pasado por alto su metedura de pata.  Continuó hablando ella para que a él no le diera tiempo a pensar lo que había ocurrido :-¿cómo es que has venido?, ¿qué haces en Madrid?, ¿qué es de tu vida?-.  Y con esas preguntas se lo puso a huevo porque le facilitó el propósito de aquel encuentro. -Yo también tengo muchas preguntas que hacerte. ¿Qué te parece si vamos a tomar algo y rememoramos viejos tiempos?- dijo Fabián. A Caya le salió una carcajada nerviosa. Había leído perfectamente el subtexto. ¿Rememorar viejos tiempos?, sabía que lo que él quería era follar, pero no le desagradó la idea.  De hecho le apetecía hacerlo de nuevo con él, pero no estaba dispuesta a ponérselo en bandeja por lo que quiso remarcar que iban a contarse que había sido de sus vidas en todo ése tiempo. Y así hizo, con un simple: -hace calor, sí. Un refrigerio nos vendría bien para ponernos al día-. 
Así, de manera gentil, él puso la mano boca arriba y la estiró apuntando la dirección a la que quería que se dirigieran. Y ella, tras sonreír en señal de que apreciaba su muestra de respeto, se puso en marcha; no sin antes pensar que no se había depilado.  Pero concluyó que ése sería su baremo. A ella le gustaban los hombres salvajes de instinto, de ésos a los que le gusta ver pelo en el cuerpo.  Si no estar depilada era un motivo para  hacer ascos al encuentro sexual, mataría dos pájaros de un tiro. Uno, perder el tiempo otorgando esperanza al que confirmaría sería un falso amor platónico. Y dos, ahorrarse la posibilidad de volver a perder las riendas de su razón  ante el tío que, tiempo atrás, la había desvirgado. Y Fabián esperó a que diera dos pasos para ponerse en marcha. Y así pudo observar como el atardecer se filtraba por la fina tela de su falda larga y dibujaba, a contraluz, unas tersas nalgas que parecían no llevar bragas.  Entonces se acarició el bigote y le puso la mano en la parte baja de la espalda, sólo para comprobar que efectivamente, no llevaba ropa interior.  Pero el atractivo  Fabián no sabía en ése momento a dónde le llevarían sus curiosas manos, pues no esperaba que se estuvieran posando en el trasero de una ácida feminista. 

Continuará...



pd: Aunque esto no tenga que ver nada con el texto. Soy consciente del cambio de formatos de letras de una entrada a otra. Tenéis que creerme cuándo os digo que pongo exactamente la misma tipografía y tamaño de letra y que el error no viene de mi sino de éste blog, que declaró desde su origen sus intenciones de volverme absolutamente loca. Eso sí, lo que nos desgarra, incomoda, obsesiona o seduce es siempre buen material para escribir. Ahí queda eso. Espero que no os moleste demasiado. A mí me repatea. 


martes, 23 de abril de 2013

Plasticland





Arcadia camina sin rumbo, haciendo tiempo para su ponencia. Recorre las calles esperando que llegue el momento. Su momento. En las paredes, anuncios que cuelgan de los monstruosos edificios proclaman la llegada de la anorexia en la primavera. Escaparates de maniquíes que parecen mujeres. Mujeres que parecen maniquíes los contemplan con deseo. Un grupo de chicas adolescentes toman cocacola light en una terraza. Visten igual, sólo cambia en ellas el color de sus uñas, a juego con el tono del bolso y los zapatos. Se pasan la revista de moda. Parecen desear ser ellas esos cuerpos cadavéricos que salen en portada. 
Sigue su andadura por la tierra de las luces de neón, que se encienden y apagan, aún cuándo el sol de mediodía alumbra la Gran Vía. A través de un gran ventanal, una peluquería expone a sus clientas a los transeúntes. Con papel platina en la cabeza, esperan con entusiasmo que el nuevo color de pelo les haga sentirse más vivas. Sonrisas de plástico y blanco nuclear contrastan con  las barras de labios de todos los colores. Brillos que te hacen los labios más carnosos. Cánceres que hacen que se te caigan los labios. 

Camina y camina y observa su reflejo en el cristal de un coche parado en un semáforo. Aspecto fantasmal en ciudad de fantasmas. Dentro del coche: un hombre; a su lado un bolso más grande que el de cualquier mujer. Piernas famélicas embutidas en pitillos que dejan ver los desórdenes alimenticios. Un luminoso sex shop invita al placer de plástico. Pollas de colores, texturas, tamaños, venas y prepucios de todo tipo. Bolas chinas que se venden como bolas de helados. Placer vacío de sentimiento inunda las grandes ciudades. Ocio lleno de prejuicios fútiles transforman nuestras vidas. 

Llega a Montera. Prostitutas demuestran sus gustos musicales en teléfonos de última generación, bajo carteles que anuncian la llegada del iphone 5. Zapatos de última moda levantan esos cuerpos desnudos. Voluptuosidad desublimada bajo kilos de maquillaje y cadenas de oro. Hombres de color, vestidos con trajes de vendo oro. Machos frustrados que hacen cola esperando comprar un orgasmo.  Frente a ellas, el toldo de un kiosco de prensa, que pasa desapercibido en la selva de plástico, da sombra a un pequeño rectángulo. 


Empapada en sudor, se cobija debajo.  De su bolso saca una pitillera y de ella un tabaco. Contempla su alrededor, buscando el momento de encenderse el cigarro. Una mano, salida del infierno de asfalto, emerge ante ella . Enciende un mechero con una mujer en bikini que sostiene un plátano. Arcadia acepta el fuego, pero no evita añadir que se está confundiendo, tras dar las gracias. El hombre barrigudo le pregunta si es madre. Ella niega. Entonces eres igual que ellas. El hombre se retira. Caya observa a las prostitutas que aceptan con alegría el trabajo que creen haber elegido. O puta o madre, ésos parecen ser los únicos caminos. 

domingo, 24 de marzo de 2013

Atrápame si puedes





Amanece. Todo apunta a que será un día soleado. Aún sigo en la cama, remoloneando. Tengo cosas que hacer, muchas e importantes. Pero advierto las coronillas de los edificios a través de la ventana y se me quitan las ganas de levantarme. 

¿Puede una sentirse atrapada en una ciudad como ésta?

Te giras a un lado. Después al otro. Intentando conciliar ése sueño que te ha abandonado hace escasos minutos y sabes de sobra que no volverá. Miras la hora. Y el sol, ya alto, te recuerda que en otros sitios hay gente que dedica su domingo a salir a adorarle. Si, yo también quiero adorarle. Domingo, de vacaciones, y en esta ciudad. Atrapada. 

¿Remordimientos? Si, remordimientos. Los remordimientos también atrapan. Son perrunos y enfermizos y te van comiendo la energía desde dentro y, muchas veces, no tienen nada que ver con la responsabilidad. Es esa clase de sensación que, cuándo estás liberado, sabes que no sirve de nada evocar porque no te ayudan a exprimir los momentos, sino que los condena, te divide y dicha escisión frustra. De verdad. Te atomiza para siempre; entre el principio del placer y el de realidad. 

Parece que, a medida que vas haciéndote consciente de ti misma también te haces consciente de lo que la vida te dará: trabajo, trabajo, dinero, dinero...eso puede estar bien. Pero, ¿QUÉ MÁS?

¿Puede una sentirse atrapada en una ciudad como ésta?

Venga levántate, dúchate, lucha. Si es cierto, no vives en la sierra, no tienes jardín, ni ves la playa desde tu ventana, ni siquiera tienes una casa amplia. Pero estás viva, tienes dos piernas y en las ciudades, hasta hoy, hay parques. Aprovéchalos, nunca sabes cuánto van a durar.

Así que me levanto, me ducho, y salgo a la calle esperando luchar, al menos defenderme con uñas y dientes. Como una loba, del entorno hostil que me rodea. Pero alucino al poner un pie en la Gran Vía. El corazón me late a mil por hora y mi orientación se confunde, mi vista se nubla, mi olfato no percibe los olores del domingo, y sólo siento una cosa...estoy atrapada.

Veo la cárcel de colores en la que estoy atrapada. Todo parece que está aquí libremente, para divertirte y entretenerte, pero es sólo para esclavizarte. Escaparates con luces de neón, maniquíes escuálidos que anuncian la llegada de la anorexia primaveral, vendedores de oro en cada esquina, limpiadores de botas que ejercen su trabajo, con mucha honra, a pesar de que saben que el cliente que viene y les planta el pie encima no le ve como a un igual, rumanos que salen, literalmente, de las alcantarillas, mendigos que se masturban bajo las mantas que les separan de "la realidad", prostitutas que parecen felices porque tienen los zapatos de última moda y que se sienten libres porque ganan más dinero que muchos; masa de gente homogénea, gris e uniforme, que mira, ensimismada, esperando encontrar, detrás de esas barras de acero y cristal, el objeto que les hará feliz, la piedra filosofal del capitalismo. Y la última moda: recién casados que sacan sus fotos de boda entre el berska y el zara de la Gran Vía; y también delante del mercado de fuencarral. 

Y yo en medio de todo esto con ganas de gritar: ¡Estamos en un puto campo de concentración! ¿es que nadie más puede verlo?

Y escucho el eco, reverberante, extendiéndose como la onda expansiva de una bomba nuclear...pero nadie me escucha, el mundo gira. Naturalmente. Lo que me ocurre a mi es que cuándo camino por las calles de esta ciudad y veo la gran multitud de gente que camina, sin rumbo, la mayoría de las veces, atendiendo a los escaparates, esperando ver no puedo imaginarme si quiera el qué...puedo ver cualquier cosa, excepto un movimiento natural. Ya no hay nada natural en las ciudades, ya no hay nada mágico ni sagrado. Sólo queda un campo de concentración que ahora, en tiempos de crisis, emerge como un Titán de hierro haciéndose inevitable y terroríficamente visible. 

Hay una cosa por la cual puedo elevarme, por un instante al menos, sobre el techo contaminante de este espacio viejo. Soy libre para pensar lo que quiero, hablar alto y claro, enseñar y/o cubrir mi cuerpo impunemente y escribir sin miedo al remordimiento. Ahí no puedes alcanzarme. Te jodes. Porque escucho la llamada de lo salvaje...y eso me no me asusta. Quiero fuego, agua, tierra y aire. Eso es lo que verdaderamente me seduce y eso no puedes arrebatármelo. 

domingo, 3 de febrero de 2013

Cama vacía






Tras cerrar la puerta, la joven le observó marcharse a través de la mirilla. Su respiración aún estaba agitada y su sangre trataba de recuperar su temperatura habitual, cuando ella aún no comprendía completamente lo que acababa de pasar.

Volvió a la habitación en la que el intercambio de fluidos se había producido. Contempló las sábanas, aún humeantes y revueltas. Y las velas a punto de consumirse esparciendo su cera sobre la mesa.  La joven quedó pensativa contemplando aquel extraño suceso. Lo que una vez había sido sólido, se fundía con el calor y se tornaba líquido, convirtiéndose en otro elemento.  Así salió de su ensimismamiento cuando el vinilo se paró. Desprendiendo ese particular sonido que parecía predecir que ya había vivido con él todo lo que podía haber sido.  Esa sensación vino acompañada de un escalofrío, que culminó cuando contempló en el espejo su rostro sombrío. Los arañazos de su piel empezaban a desdibujarse y el olor a sexo, que inundaba la estancia, empezaba a evaporarse.  

¿Qué es lo que marca el fin de una relación?, pensó.

Cuando el brillo de lo invisible desaparece, el fin se presenta como suceso inexorable. Por un momento la invadió el miedo, recordando los incontables momentos felices que con él había compartido.  Su respiración acaba de normalizarse cuando se volvió a agitar, pensando en que ya no se meterían juntos en la cama. No entrelazarían sus piernas. No sentiría esa incertidumbre, llena de agradable ingenuidad, al esperar un momento apasionado. Ni sentiría el ambiente caldeándose antes de que se produjera. No habría más excitación pensando en él. Tampoco más cosquilleos profundos y placenteros que la recorrían internamente cuando se besaban. Ni existirían más devorarse mutuamente. Tampoco más marcas en su cuerpo que llevaban su firma. Ni escalofríos de placer al contemplarlas al día siguiente. No habría más mirarle mientras dormía. Ni despertares llenos de ternura, con sus cabezas pegadas y sus almas unidas. No habría más sincronía en sus respiraciones cuando estuvieran bajo un mismo edredón. Ni la plenitud y la paz de sentirse cosida a él por un hilo invisible. Ya no había esperanza en que pudieran compartir sus vidas de un modo completo y ser muy felices por ello…

Ahora ella volvía a estar sola.  Le invadía una profunda melancolía y, de pronto, los pilares de su vida se habían derruido. Había entregado su vida al amor y éste la había sorprendido. Con un resultado  no esperado, sus sueños había ahogado. Fue hasta la mesa para coger unas tijeras y rajó con ellas la piel de su pierna. No pudo evitar emitir un alarido de dolor. Pero no era la herida, de la que emanaba sangre a borbotones, lo que le dolía. Le dolía el corazón. En esos instantes, de descenso a los infiernos, tuvo una revelación. 

¿Qué es lo que marca el fin de una relación?. 


El principio de una nueva, comprendió.  Una nueva relación con ella misma y con el mundo. Una nueva etapa en su vida, en la que volvería a encontrar el amor.  ¿Por qué no?.