Chispas que encienden el fuego sagrado, gotas que brotan del interior hacia el océano de la vida, magma incandescente que fluye silencioso hasta que hace rugir a la madre. Celebración de la vida, la alegría y el deseo: oh, amor, ese día caerán las fronteras, se inundarán los valles y se removerá la tierra ¡cuando los niños gobiernen el mundo, emergerá del fondo la Altlántida perdida y vendrás a mis brazos, a vivir conmigo y seremos libres!
Desde las entrañas del volcán
Blog-experimento. Espacio onírico. Utopía en proceso de construcción. Soy comunicadora audiovisual, guionista, escritora, feminista, militante de lo colectivo, artista, activista, anticapitalista y hechicera de la revolución. Colaboro con varias publicaciones y me apunto a un bombardeo. Para propuestas amorosas y proyectos contacta conmigo: garcialopez.alejandra@gmail.com
Páginas
jueves, 1 de agosto de 2013
martes, 21 de mayo de 2013
Arcadia en el país de los miembros erectos
martes, 23 de abril de 2013
Plasticland
Arcadia camina sin rumbo, haciendo tiempo para su ponencia. Recorre las
calles esperando que llegue el momento. Su momento. En las paredes, anuncios
que cuelgan de los monstruosos edificios proclaman la llegada de la anorexia en
la primavera. Escaparates de maniquíes que parecen mujeres. Mujeres que parecen
maniquíes los contemplan con deseo. Un grupo de chicas adolescentes toman
cocacola light en una terraza. Visten igual, sólo cambia en ellas el color de
sus uñas, a juego con el tono del bolso y los zapatos. Se pasan la revista de
moda. Parecen desear ser ellas esos cuerpos cadavéricos que salen en
portada.
Sigue su andadura por la tierra de las luces de neón, que se encienden y
apagan, aún cuándo el sol de mediodía alumbra la Gran Vía. A través de un gran
ventanal, una peluquería expone a sus clientas a los transeúntes. Con papel
platina en la cabeza, esperan con entusiasmo que el nuevo color de pelo les
haga sentirse más vivas. Sonrisas de plástico y blanco nuclear contrastan
con las barras de labios de todos los colores. Brillos que te hacen los
labios más carnosos. Cánceres que hacen que se te caigan los labios.
Camina y camina y observa su reflejo en el cristal de un coche parado en un
semáforo. Aspecto fantasmal en ciudad de fantasmas. Dentro del coche: un
hombre; a su lado un bolso más grande que el de cualquier mujer. Piernas
famélicas embutidas en pitillos que dejan ver los desórdenes alimenticios. Un
luminoso sex shop invita al placer de plástico. Pollas de colores, texturas, tamaños,
venas y prepucios de todo tipo. Bolas chinas que se venden como bolas de
helados. Placer vacío de sentimiento inunda las grandes ciudades. Ocio lleno de
prejuicios fútiles transforman nuestras vidas.
Llega a Montera. Prostitutas demuestran sus gustos musicales en teléfonos
de última generación, bajo carteles que anuncian la llegada del iphone 5.
Zapatos de última moda levantan esos cuerpos desnudos. Voluptuosidad
desublimada bajo kilos de maquillaje y cadenas de oro. Hombres de color, vestidos
con trajes de vendo oro. Machos frustrados que hacen cola esperando comprar un
orgasmo. Frente a ellas, el toldo de un kiosco de prensa, que pasa
desapercibido en la selva de plástico, da sombra a un pequeño rectángulo.
Empapada en sudor, se cobija debajo. De su bolso saca una pitillera y
de ella un tabaco. Contempla su alrededor, buscando el momento de encenderse el
cigarro. Una mano, salida del infierno de asfalto, emerge ante ella . Enciende
un mechero con una mujer en bikini que sostiene un plátano. Arcadia acepta
el fuego, pero no evita añadir que se está confundiendo, tras dar las gracias.
El hombre barrigudo le pregunta si es madre. Ella niega. Entonces eres igual
que ellas. El hombre se retira. Caya observa a las prostitutas que aceptan con
alegría el trabajo que creen haber elegido. O puta o madre, ésos parecen ser
los únicos caminos.
domingo, 24 de marzo de 2013
Atrápame si puedes
Amanece. Todo apunta a que será un día soleado. Aún sigo en la cama, remoloneando. Tengo cosas que hacer, muchas e importantes. Pero advierto las coronillas de los edificios a través de la ventana y se me quitan las ganas de levantarme.
¿Puede una sentirse atrapada en una ciudad como ésta?
Te giras a un lado. Después al otro. Intentando conciliar ése sueño que te ha abandonado hace escasos minutos y sabes de sobra que no volverá. Miras la hora. Y el sol, ya alto, te recuerda que en otros sitios hay gente que dedica su domingo a salir a adorarle. Si, yo también quiero adorarle. Domingo, de vacaciones, y en esta ciudad. Atrapada.
¿Remordimientos? Si, remordimientos. Los remordimientos también atrapan. Son perrunos y enfermizos y te van comiendo la energía desde dentro y, muchas veces, no tienen nada que ver con la responsabilidad. Es esa clase de sensación que, cuándo estás liberado, sabes que no sirve de nada evocar porque no te ayudan a exprimir los momentos, sino que los condena, te divide y dicha escisión frustra. De verdad. Te atomiza para siempre; entre el principio del placer y el de realidad.
Parece que, a medida que vas haciéndote consciente de ti misma también te haces consciente de lo que la vida te dará: trabajo, trabajo, dinero, dinero...eso puede estar bien. Pero, ¿QUÉ MÁS?
¿Puede una sentirse atrapada en una ciudad como ésta?
Venga levántate, dúchate, lucha. Si es cierto, no vives en la sierra, no tienes jardín, ni ves la playa desde tu ventana, ni siquiera tienes una casa amplia. Pero estás viva, tienes dos piernas y en las ciudades, hasta hoy, hay parques. Aprovéchalos, nunca sabes cuánto van a durar.
Venga levántate, dúchate, lucha. Si es cierto, no vives en la sierra, no tienes jardín, ni ves la playa desde tu ventana, ni siquiera tienes una casa amplia. Pero estás viva, tienes dos piernas y en las ciudades, hasta hoy, hay parques. Aprovéchalos, nunca sabes cuánto van a durar.
Así que me levanto, me ducho, y salgo a la calle esperando luchar, al menos defenderme con uñas y dientes. Como una loba, del entorno hostil que me rodea. Pero alucino al poner un pie en la Gran Vía. El corazón me late a mil por hora y mi orientación se confunde, mi vista se nubla, mi olfato no percibe los olores del domingo, y sólo siento una cosa...estoy atrapada.
Veo la cárcel de colores en la que estoy atrapada. Todo parece que está aquí libremente, para divertirte y entretenerte, pero es sólo para esclavizarte. Escaparates con luces de neón, maniquíes escuálidos que anuncian la llegada de la anorexia primaveral, vendedores de oro en cada esquina, limpiadores de botas que ejercen su trabajo, con mucha honra, a pesar de que saben que el cliente que viene y les planta el pie encima no le ve como a un igual, rumanos que salen, literalmente, de las alcantarillas, mendigos que se masturban bajo las mantas que les separan de "la realidad", prostitutas que parecen felices porque tienen los zapatos de última moda y que se sienten libres porque ganan más dinero que muchos; masa de gente homogénea, gris e uniforme, que mira, ensimismada, esperando encontrar, detrás de esas barras de acero y cristal, el objeto que les hará feliz, la piedra filosofal del capitalismo. Y la última moda: recién casados que sacan sus fotos de boda entre el berska y el zara de la Gran Vía; y también delante del mercado de fuencarral.
Y yo en medio de todo esto con ganas de gritar: ¡Estamos en un puto campo de concentración! ¿es que nadie más puede verlo?
Y yo en medio de todo esto con ganas de gritar: ¡Estamos en un puto campo de concentración! ¿es que nadie más puede verlo?
Y escucho el eco, reverberante, extendiéndose como la onda expansiva de una bomba nuclear...pero nadie me escucha, el mundo gira. Naturalmente. Lo que me ocurre a mi es que cuándo camino por las calles de esta ciudad y veo la gran multitud de gente que camina, sin rumbo, la mayoría de las veces, atendiendo a los escaparates, esperando ver no puedo imaginarme si quiera el qué...puedo ver cualquier cosa, excepto un movimiento natural. Ya no hay nada natural en las ciudades, ya no hay nada mágico ni sagrado. Sólo queda un campo de concentración que ahora, en tiempos de crisis, emerge como un Titán de hierro haciéndose inevitable y terroríficamente visible.
Hay una cosa por la cual puedo elevarme, por un instante al menos, sobre el techo contaminante de este espacio viejo. Soy libre para pensar lo que quiero, hablar alto y claro, enseñar y/o cubrir mi cuerpo impunemente y escribir sin miedo al remordimiento. Ahí no puedes alcanzarme. Te jodes. Porque escucho la llamada de lo salvaje...y eso me no me asusta. Quiero fuego, agua, tierra y aire. Eso es lo que verdaderamente me seduce y eso no puedes arrebatármelo.
domingo, 3 de febrero de 2013
Cama vacía
Tras cerrar la puerta, la joven le
observó marcharse a través de la mirilla. Su respiración aún estaba agitada y su sangre trataba de
recuperar su temperatura habitual, cuando ella aún no comprendía completamente
lo que acababa de pasar.
Volvió a la habitación en la que
el intercambio de fluidos se había producido. Contempló las sábanas, aún
humeantes y revueltas. Y las velas a punto de consumirse esparciendo su cera
sobre la mesa. La joven quedó
pensativa contemplando aquel extraño suceso. Lo que una vez había sido sólido,
se fundía con el calor y se tornaba líquido, convirtiéndose en otro
elemento. Así salió de su
ensimismamiento cuando el vinilo se paró. Desprendiendo ese particular sonido que
parecía predecir que ya había vivido con él todo lo que podía haber sido. Esa sensación vino acompañada de un
escalofrío, que culminó cuando contempló en el espejo su rostro sombrío. Los
arañazos de su piel empezaban a desdibujarse y el olor a sexo, que inundaba la
estancia, empezaba a evaporarse.
¿Qué es lo que marca el fin de una relación?, pensó.
Cuando
el brillo de lo invisible desaparece, el fin se presenta como suceso
inexorable. Por un momento la invadió el miedo, recordando los incontables momentos
felices que con él había compartido.
Su respiración acaba de normalizarse cuando se volvió a agitar, pensando
en que ya
no se meterían juntos en la cama. No entrelazarían sus piernas. No sentiría esa
incertidumbre, llena de agradable ingenuidad, al esperar un momento apasionado.
Ni sentiría el ambiente caldeándose antes de que se produjera. No habría más
excitación pensando en él. Tampoco más cosquilleos profundos y placenteros que
la recorrían internamente cuando se besaban. Ni existirían más devorarse
mutuamente. Tampoco más marcas en su cuerpo que llevaban su firma. Ni escalofríos
de placer al contemplarlas al día siguiente. No habría más mirarle mientras
dormía. Ni despertares llenos de ternura, con sus cabezas pegadas y sus almas
unidas. No habría más sincronía en sus respiraciones cuando estuvieran bajo un
mismo edredón. Ni la plenitud y la paz de sentirse cosida a él por un hilo
invisible. Ya no había esperanza en que pudieran compartir sus vidas de un modo
completo y ser muy felices por ello…
Ahora ella volvía
a estar sola. Le invadía una
profunda melancolía y, de pronto, los pilares de su vida se habían derruido.
Había entregado su vida al amor y éste la había sorprendido. Con un resultado no esperado, sus sueños había ahogado. Fue
hasta la mesa para coger unas tijeras y rajó con ellas la piel de su pierna. No
pudo evitar emitir un alarido de dolor. Pero no era la herida, de la que emanaba
sangre a borbotones, lo que le dolía. Le dolía el corazón. En esos instantes, de
descenso a los infiernos, tuvo una revelación.
¿Qué es lo que marca el fin de
una relación?.
El principio de una nueva, comprendió. Una nueva relación con ella misma y con el mundo. Una nueva
etapa en su vida, en la que volvería a encontrar el amor. ¿Por qué no?.
sábado, 19 de enero de 2013
El arte de la cooperación
“Cada acto profundamente crítico es cómo una botella lanzada al mar para futuros e ignotos destinatarios” Theodor W. Adorno
Partiendo de esta frase
del filósofo alemán y aludiendo a su pensamiento, podemos deducir que la actual industria cultural usurpa a sus
consumidores lo que promete, una felicidad que es ilusoria. Los productos de esta industria no son
obras de arte, después convertidas en mercancía, sino productos concebidos para
ser consumidos. Existen obras de arte, pero están expuestas a ser utilizadas y manipuladas
por la propia industria para su beneficio. Si arrojamos una mirada crítica
sobre la coyuntura actual en busca de la relevancia del pensamiento crítico,
llegamos a la conclusión de que este bien preciado es poco común. Ya no hay duda de que vivimos en un
sistema represor que pretende
escamotear todo impulso de vida. No hay más que observar la actualidad, saciada
de recortes, amenazada por la privatización, castrada de las armas que tenemos
para hacer frente a las tiranías de los gobiernos, despojada de una malla en la
que la educación y la cultura cumplen la vital función de hacernos crecer y
progresar.
Pero hay posibilidad de
que exista algo más que la realidad dada. A esta realidad dada, subyace una experiencia
sin fin de la que podemos valernos para afrontar la reinvención de la realidad.
Es la experiencia múltiple del arte, fundamental para enriquecer nuestro paso
por la tierra, lugar con alma sensible e inteligencia. Debemos ser flexibles si
queremos superar estas circunstancias, sorteando los límites impuestos por la
razón instrumental. Recuperar la libertad se convierte en objetivo principal
cuando somos víctimas de un entramado aplastante, que reduce nuestra existencia
al rendimiento económico y coarta nuestra creatividad y capacidad de
emancipación. Por ello, muchos contemplamos como una necesidad imperial introducir
en el discurso otros niveles de comunicación, que se derivan de la experiencia sensible
de la realidad, con el fin de elevarla a un nuevo grado de lenguaje en el que
entre en juego lo intuitivo, el arte. Porque al final la realidad es aquello de
lo que se habla. El arte se expresa en un lenguaje conceptual, no discursivo,
que se relaciona con el inconsciente colectivo y subjetivo; el único espacio
libre de las cadenas de la instrumentalizada razón.
La libertad individual
ha sido destruida por la cultura de masas. La capacidad de pensamiento crítico
agoniza. Por eso el arte debe
dificultar todo acto de desarrollo de una sociedad no reflexiva.
La industria cultural ha
venido a sustituir el verdadero arte, aquel que pone en cuestión el mundo que
le rodea y potencia el espíritu de sus receptores, por arte mercancía. Esta
creciente industria ha desvirtuado la esencia del arte que, en el peor de los
casos, ejerce de prolongación ideológica del sistema que la avala, manipulando
las conciencias, y, en el mejor, destruye la capacidad de reflexión dada la
planicie de sus productos, enmarcados en una lógica unidimensional sobre la
existencia; la que nos es dada por el sistema.
Desde una perspectiva
negativa, en tanto que apertura del mundo artístico a la gran masa, la
industria cultural, favorecida por los medios de comunicación de masas, ha
embrutecido el grueso del arte. Podemos pensar que el hecho de producir arte en
cadena suprime sus capas esenciales porque sus efectos son nada revolucionarios.
El impulso primario de arte, relacionado con el espíritu, lleva implícito una
capacidad de rebeldía, una necesidad de análisis y una vocación de penetración
en lo profundo para ejercer de elemento transformador. El arte no puede ser
sólo una experiencia estética, también debe ser revolucionaria, dotada de capacidad
subversiva para garantizar un contexto social y cultural que perpetúe su
existencia. La industria cultural produce arte que no muerde, que no incomoda
ni despierta. Arte domesticado y
unidimensional porque no contiene una intención de rebelión. La única rebelión real
sería la emprendida contra esta industria que es reflejo del sistema malsano que
la origina. Sin embargo, no podemos negar que la apertura del mundo artístico,
potenciada por estos mismos medios de comunicación, ha contribuido a la
difusión y promoción cultural, acortando distancias, hasta casi la inmediatez,
entre los creadores y colectivos.
Muchos consideramos
posible tejer una red cultural sustentada en la cooperación, al margen del
sistema que quiere hacerla desaparecer, aprovechando las ventajas de nuestro
tiempo. Y debe construirse al margen porque el sistema se empeña en eludir que el
arte y la vida son inseparables. No solo podemos reclamar nuestro derecho a la
cultura, pues es reconocido por nuestra constitución, sino que debemos tomar las riendas de
nuestro potencial y plantear alternativas, que nazcan de nosotros, para
llevarlas a cabo sin necesidad de esperar a que la impotencia, que suscitan los
poderes públicos, acabe con nuestras energías.
Podemos advertir que el
arte no termina de cuajar como potencia colectiva por una cierta tendencia
individualista de los creadores.
Parece que hemos perdido el coraje colectivo, tras la superación de la
comuna e, indudablemente, a este hecho se suma la falta de medios que hace que
muchos sintamos como imposible la realización de nuestros proyectos. La institución que debería fomentar la
creación lo que hace, a efectos prácticos, es limitarla.
Lo poco
de verdadero arte que hay, con componentes disidentes e imaginativos, ha
carecido del apoyo de las instituciones o incluso es atacado, asediando
iniciativas que enriquecen el tejido social. El arte
mercancía es enemigo de la auténtica creatividad. Por todas estas lagunas de la industria muchos vemos como una
alternativa sostenible las cooperativas artísticas. A través de ellas podemos rellenar los vacíos que impiden
el desarrollo de una verdadera cultura y devolver al arte su función social con
el fin de restablecer el impulso para el que fue concebido: creador de
experiencias colectivas. Tenemos que ser más
ambiciosos aún, en la expectativa de organizarnos -sin perder libertad y
espontaneidad- para penetrar más profundamente en la sociedad y conseguir
transformar al actor pasivo en un agente realmente activo, hasta que la
creatividad sea entendida como una actividad popular e integrada. El
arte que es amado, ama al pueblo, lo nutre, lo dota de una fuerza particular y
lo hace brillar en todo su esplendor
Un nuevo arte sólo puede
emerger desde la superación de la sociedad contemporánea, enferma del mismo mal
que el sistema que la ampara. Sólo puede ser nuevo en la medida en que cree
nuevas formas de actividad, convivencia, pensamiento y experiencias vividas,
tanto físicas como sensibles. Vivimos
en una sociedad, que cada vez más, despoja a sus individuos de todo juicio que
pueda poner en duda su soberanía e impide su sano porvenir. Tenemos que huir de la tendencia al
nihilismo de la que se desprende un rechazo al mundo contemporáneo y clarificar
nuestro deber de ejercer una protesta global ante la afición del sistema por
hacer desaparecer todo rastro de vida sensiblemente humana e intelectualmente
elevada. Por eso invitamos, a
través del arte, no sólo a contemplar las ruinas que nos rodean, sino también a
tomar las armas y participar en la alegría de la subversión y la revolución
para acabar con el moribundo gigante que trata de aleccionarnos.
“El mundo posee desde
hace tiempo el sueño de algo de lo que sólo necesita ser consciente para
poseerlo en realidad”. Recordando
a Marx, podemos concluir que nuestras fantasías son uno de los mayores bienes
que poseemos, a las que debemos otorgarle poder para que se hagan realidad.
Entre esas fantasías se encuentra la voluntad de hacer evolucionar la sociedad
hasta que sea capaz de reinventar su espacio, para que se puedan satisfacer el
conjunto de sus deseos y pueda desearse el conjunto de su realidad. Muchos
pensamos que podemos hacerlo, si pusiéramos todas las fuerzas acumuladas por el
poder al servicio de nuestro deseo de vivir, nuestra inagotable imaginación,
nuestros múltiples sueños y proyectos a medio realizar que constituyen una
esencia común, la nuestra. Ese puede ser nuestro mensaje lanzado al mar de la
posteridad.
Ensayo realizado para la publicación canaria Isla Descubierta. Próximamente adjuntaré el link para ver la revista online, 32 páginas de calidad que versan sobre el panorama cultural.
miércoles, 2 de enero de 2013
El fuego
Inmersión en el infierno orgiástico. Remolinos delirantes de cuerpos desnudos que se entremezclan. Masa que se retuerce en la búsqueda de la unión ciega. Fuego sagrado al final del abismo. Río de energía que no encuentra límites. Bañados en su propio mar de fluidos, sangre y sudor. Saca de control lo más primitivo de la naturaleza. Orgasmo colectivo. Gran copulación. Descenso a agujeros negros. Multitud excitada hace la revolución. Burbujas extáticas les elevan varios metros sobre el suelo. Vaginas que con su rocío bañan la tierra voliendo a erotizarla.
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