Desde las entrañas del volcán

Desde las entrañas del volcán
Blog-experimento. Espacio onírico. Utopía en proceso de construcción. Soy comunicadora audiovisual, guionista, escritora, feminista, militante de lo colectivo, artista, activista, anticapitalista y hechicera de la revolución. Colaboro con varias publicaciones y me apunto a un bombardeo. Para propuestas amorosas y proyectos contacta conmigo: garcialopez.alejandra@gmail.com

martes, 23 de abril de 2013

Plasticland





Arcadia camina sin rumbo, haciendo tiempo para su ponencia. Recorre las calles esperando que llegue el momento. Su momento. En las paredes, anuncios que cuelgan de los monstruosos edificios proclaman la llegada de la anorexia en la primavera. Escaparates de maniquíes que parecen mujeres. Mujeres que parecen maniquíes los contemplan con deseo. Un grupo de chicas adolescentes toman cocacola light en una terraza. Visten igual, sólo cambia en ellas el color de sus uñas, a juego con el tono del bolso y los zapatos. Se pasan la revista de moda. Parecen desear ser ellas esos cuerpos cadavéricos que salen en portada. 
Sigue su andadura por la tierra de las luces de neón, que se encienden y apagan, aún cuándo el sol de mediodía alumbra la Gran Vía. A través de un gran ventanal, una peluquería expone a sus clientas a los transeúntes. Con papel platina en la cabeza, esperan con entusiasmo que el nuevo color de pelo les haga sentirse más vivas. Sonrisas de plástico y blanco nuclear contrastan con  las barras de labios de todos los colores. Brillos que te hacen los labios más carnosos. Cánceres que hacen que se te caigan los labios. 

Camina y camina y observa su reflejo en el cristal de un coche parado en un semáforo. Aspecto fantasmal en ciudad de fantasmas. Dentro del coche: un hombre; a su lado un bolso más grande que el de cualquier mujer. Piernas famélicas embutidas en pitillos que dejan ver los desórdenes alimenticios. Un luminoso sex shop invita al placer de plástico. Pollas de colores, texturas, tamaños, venas y prepucios de todo tipo. Bolas chinas que se venden como bolas de helados. Placer vacío de sentimiento inunda las grandes ciudades. Ocio lleno de prejuicios fútiles transforman nuestras vidas. 

Llega a Montera. Prostitutas demuestran sus gustos musicales en teléfonos de última generación, bajo carteles que anuncian la llegada del iphone 5. Zapatos de última moda levantan esos cuerpos desnudos. Voluptuosidad desublimada bajo kilos de maquillaje y cadenas de oro. Hombres de color, vestidos con trajes de vendo oro. Machos frustrados que hacen cola esperando comprar un orgasmo.  Frente a ellas, el toldo de un kiosco de prensa, que pasa desapercibido en la selva de plástico, da sombra a un pequeño rectángulo. 


Empapada en sudor, se cobija debajo.  De su bolso saca una pitillera y de ella un tabaco. Contempla su alrededor, buscando el momento de encenderse el cigarro. Una mano, salida del infierno de asfalto, emerge ante ella . Enciende un mechero con una mujer en bikini que sostiene un plátano. Arcadia acepta el fuego, pero no evita añadir que se está confundiendo, tras dar las gracias. El hombre barrigudo le pregunta si es madre. Ella niega. Entonces eres igual que ellas. El hombre se retira. Caya observa a las prostitutas que aceptan con alegría el trabajo que creen haber elegido. O puta o madre, ésos parecen ser los únicos caminos. 

domingo, 24 de marzo de 2013

Atrápame si puedes





Amanece. Todo apunta a que será un día soleado. Aún sigo en la cama, remoloneando. Tengo cosas que hacer, muchas e importantes. Pero advierto las coronillas de los edificios a través de la ventana y se me quitan las ganas de levantarme. 

¿Puede una sentirse atrapada en una ciudad como ésta?

Te giras a un lado. Después al otro. Intentando conciliar ése sueño que te ha abandonado hace escasos minutos y sabes de sobra que no volverá. Miras la hora. Y el sol, ya alto, te recuerda que en otros sitios hay gente que dedica su domingo a salir a adorarle. Si, yo también quiero adorarle. Domingo, de vacaciones, y en esta ciudad. Atrapada. 

¿Remordimientos? Si, remordimientos. Los remordimientos también atrapan. Son perrunos y enfermizos y te van comiendo la energía desde dentro y, muchas veces, no tienen nada que ver con la responsabilidad. Es esa clase de sensación que, cuándo estás liberado, sabes que no sirve de nada evocar porque no te ayudan a exprimir los momentos, sino que los condena, te divide y dicha escisión frustra. De verdad. Te atomiza para siempre; entre el principio del placer y el de realidad. 

Parece que, a medida que vas haciéndote consciente de ti misma también te haces consciente de lo que la vida te dará: trabajo, trabajo, dinero, dinero...eso puede estar bien. Pero, ¿QUÉ MÁS?

¿Puede una sentirse atrapada en una ciudad como ésta?

Venga levántate, dúchate, lucha. Si es cierto, no vives en la sierra, no tienes jardín, ni ves la playa desde tu ventana, ni siquiera tienes una casa amplia. Pero estás viva, tienes dos piernas y en las ciudades, hasta hoy, hay parques. Aprovéchalos, nunca sabes cuánto van a durar.

Así que me levanto, me ducho, y salgo a la calle esperando luchar, al menos defenderme con uñas y dientes. Como una loba, del entorno hostil que me rodea. Pero alucino al poner un pie en la Gran Vía. El corazón me late a mil por hora y mi orientación se confunde, mi vista se nubla, mi olfato no percibe los olores del domingo, y sólo siento una cosa...estoy atrapada.

Veo la cárcel de colores en la que estoy atrapada. Todo parece que está aquí libremente, para divertirte y entretenerte, pero es sólo para esclavizarte. Escaparates con luces de neón, maniquíes escuálidos que anuncian la llegada de la anorexia primaveral, vendedores de oro en cada esquina, limpiadores de botas que ejercen su trabajo, con mucha honra, a pesar de que saben que el cliente que viene y les planta el pie encima no le ve como a un igual, rumanos que salen, literalmente, de las alcantarillas, mendigos que se masturban bajo las mantas que les separan de "la realidad", prostitutas que parecen felices porque tienen los zapatos de última moda y que se sienten libres porque ganan más dinero que muchos; masa de gente homogénea, gris e uniforme, que mira, ensimismada, esperando encontrar, detrás de esas barras de acero y cristal, el objeto que les hará feliz, la piedra filosofal del capitalismo. Y la última moda: recién casados que sacan sus fotos de boda entre el berska y el zara de la Gran Vía; y también delante del mercado de fuencarral. 

Y yo en medio de todo esto con ganas de gritar: ¡Estamos en un puto campo de concentración! ¿es que nadie más puede verlo?

Y escucho el eco, reverberante, extendiéndose como la onda expansiva de una bomba nuclear...pero nadie me escucha, el mundo gira. Naturalmente. Lo que me ocurre a mi es que cuándo camino por las calles de esta ciudad y veo la gran multitud de gente que camina, sin rumbo, la mayoría de las veces, atendiendo a los escaparates, esperando ver no puedo imaginarme si quiera el qué...puedo ver cualquier cosa, excepto un movimiento natural. Ya no hay nada natural en las ciudades, ya no hay nada mágico ni sagrado. Sólo queda un campo de concentración que ahora, en tiempos de crisis, emerge como un Titán de hierro haciéndose inevitable y terroríficamente visible. 

Hay una cosa por la cual puedo elevarme, por un instante al menos, sobre el techo contaminante de este espacio viejo. Soy libre para pensar lo que quiero, hablar alto y claro, enseñar y/o cubrir mi cuerpo impunemente y escribir sin miedo al remordimiento. Ahí no puedes alcanzarme. Te jodes. Porque escucho la llamada de lo salvaje...y eso me no me asusta. Quiero fuego, agua, tierra y aire. Eso es lo que verdaderamente me seduce y eso no puedes arrebatármelo. 

domingo, 3 de febrero de 2013

Cama vacía






Tras cerrar la puerta, la joven le observó marcharse a través de la mirilla. Su respiración aún estaba agitada y su sangre trataba de recuperar su temperatura habitual, cuando ella aún no comprendía completamente lo que acababa de pasar.

Volvió a la habitación en la que el intercambio de fluidos se había producido. Contempló las sábanas, aún humeantes y revueltas. Y las velas a punto de consumirse esparciendo su cera sobre la mesa.  La joven quedó pensativa contemplando aquel extraño suceso. Lo que una vez había sido sólido, se fundía con el calor y se tornaba líquido, convirtiéndose en otro elemento.  Así salió de su ensimismamiento cuando el vinilo se paró. Desprendiendo ese particular sonido que parecía predecir que ya había vivido con él todo lo que podía haber sido.  Esa sensación vino acompañada de un escalofrío, que culminó cuando contempló en el espejo su rostro sombrío. Los arañazos de su piel empezaban a desdibujarse y el olor a sexo, que inundaba la estancia, empezaba a evaporarse.  

¿Qué es lo que marca el fin de una relación?, pensó.

Cuando el brillo de lo invisible desaparece, el fin se presenta como suceso inexorable. Por un momento la invadió el miedo, recordando los incontables momentos felices que con él había compartido.  Su respiración acaba de normalizarse cuando se volvió a agitar, pensando en que ya no se meterían juntos en la cama. No entrelazarían sus piernas. No sentiría esa incertidumbre, llena de agradable ingenuidad, al esperar un momento apasionado. Ni sentiría el ambiente caldeándose antes de que se produjera. No habría más excitación pensando en él. Tampoco más cosquilleos profundos y placenteros que la recorrían internamente cuando se besaban. Ni existirían más devorarse mutuamente. Tampoco más marcas en su cuerpo que llevaban su firma. Ni escalofríos de placer al contemplarlas al día siguiente. No habría más mirarle mientras dormía. Ni despertares llenos de ternura, con sus cabezas pegadas y sus almas unidas. No habría más sincronía en sus respiraciones cuando estuvieran bajo un mismo edredón. Ni la plenitud y la paz de sentirse cosida a él por un hilo invisible. Ya no había esperanza en que pudieran compartir sus vidas de un modo completo y ser muy felices por ello…

Ahora ella volvía a estar sola.  Le invadía una profunda melancolía y, de pronto, los pilares de su vida se habían derruido. Había entregado su vida al amor y éste la había sorprendido. Con un resultado  no esperado, sus sueños había ahogado. Fue hasta la mesa para coger unas tijeras y rajó con ellas la piel de su pierna. No pudo evitar emitir un alarido de dolor. Pero no era la herida, de la que emanaba sangre a borbotones, lo que le dolía. Le dolía el corazón. En esos instantes, de descenso a los infiernos, tuvo una revelación. 

¿Qué es lo que marca el fin de una relación?. 


El principio de una nueva, comprendió.  Una nueva relación con ella misma y con el mundo. Una nueva etapa en su vida, en la que volvería a encontrar el amor.  ¿Por qué no?.

sábado, 19 de enero de 2013

El arte de la cooperación



 Cada acto profundamente crítico es cómo una botella lanzada al mar para futuros e ignotos destinatarios” Theodor W. Adorno


Partiendo de esta frase del filósofo alemán y aludiendo a su pensamiento,  podemos deducir que la actual industria cultural usurpa a sus consumidores lo que promete, una felicidad que es ilusoria.  Los productos de esta industria no son obras de arte, después convertidas en mercancía, sino productos concebidos para ser consumidos. Existen obras de arte, pero están expuestas a ser utilizadas y manipuladas por la propia industria para su beneficio. Si arrojamos una mirada crítica sobre la coyuntura actual en busca de la relevancia del pensamiento crítico, llegamos a la conclusión de que este bien preciado es poco común.  Ya no hay duda de que vivimos en un sistema  represor que pretende escamotear todo impulso de vida. No hay más que observar la actualidad, saciada de recortes, amenazada por la privatización, castrada de las armas que tenemos para hacer frente a las tiranías de los gobiernos, despojada de una malla en la que la educación y la cultura cumplen la vital función de hacernos crecer y progresar. 
Pero hay posibilidad de que exista algo más que la realidad dada. A esta realidad dada, subyace una experiencia sin fin de la que podemos valernos para afrontar la reinvención de la realidad. Es la experiencia múltiple del arte, fundamental para enriquecer nuestro paso por la tierra, lugar con alma sensible e inteligencia. Debemos ser flexibles si queremos superar estas circunstancias, sorteando los límites impuestos por la razón instrumental. Recuperar la libertad se convierte en objetivo principal cuando somos víctimas de un entramado aplastante, que reduce nuestra existencia al rendimiento económico y coarta nuestra creatividad y capacidad de emancipación. Por ello, muchos contemplamos como una necesidad imperial introducir en el discurso otros niveles de comunicación, que se derivan de la experiencia sensible de la realidad, con el fin de elevarla a un nuevo grado de lenguaje en el que entre en juego lo intuitivo, el arte. Porque al final la realidad es aquello de lo que se habla. El arte se expresa en un lenguaje conceptual, no discursivo, que se relaciona con el inconsciente colectivo y subjetivo; el único espacio libre de las cadenas de la instrumentalizada razón.
La libertad individual ha sido destruida por la cultura de masas. La capacidad de pensamiento crítico agoniza.  Por eso el arte debe dificultar todo acto de desarrollo de una sociedad no reflexiva.



La industria cultural ha venido a sustituir el verdadero arte, aquel que pone en cuestión el mundo que le rodea y potencia el espíritu de sus receptores, por arte mercancía. Esta creciente industria ha desvirtuado la esencia del arte que, en el peor de los casos, ejerce de prolongación ideológica del sistema que la avala, manipulando las conciencias, y, en el mejor, destruye la capacidad de reflexión dada la planicie de sus productos, enmarcados en una lógica unidimensional sobre la existencia; la que nos es dada por el sistema.
Desde una perspectiva negativa, en tanto que apertura del mundo artístico a la gran masa, la industria cultural, favorecida por los medios de comunicación de masas, ha embrutecido el grueso del arte. Podemos pensar que el hecho de producir arte en cadena suprime sus capas esenciales porque sus efectos son nada revolucionarios. El impulso primario de arte, relacionado con el espíritu, lleva implícito una capacidad de rebeldía, una necesidad de análisis y una vocación de penetración en lo profundo para ejercer de elemento transformador. El arte no puede ser sólo una experiencia estética, también debe ser revolucionaria, dotada de capacidad subversiva para garantizar un contexto social y cultural que perpetúe su existencia. La industria cultural produce arte que no muerde, que no incomoda ni despierta.  Arte domesticado y unidimensional porque no contiene una intención de rebelión. La única rebelión real sería la emprendida contra esta industria que es reflejo del sistema malsano que la origina. Sin embargo, no podemos negar que la apertura del mundo artístico, potenciada por estos mismos medios de comunicación, ha contribuido a la difusión y promoción cultural, acortando distancias, hasta casi la inmediatez, entre los creadores y colectivos.
Muchos consideramos posible tejer una red cultural sustentada en la cooperación, al margen del sistema que quiere hacerla desaparecer, aprovechando las ventajas de nuestro tiempo. Y debe construirse al margen porque el sistema se empeña en eludir que el arte y la vida son inseparables. No solo podemos reclamar nuestro derecho a la cultura, pues es reconocido por nuestra constitución,  sino que debemos tomar las riendas de nuestro potencial y plantear alternativas, que nazcan de nosotros, para llevarlas a cabo sin necesidad de esperar a que la impotencia, que suscitan los poderes públicos, acabe con nuestras energías.
Podemos advertir que el arte no termina de cuajar como potencia colectiva por una cierta tendencia individualista de los creadores.  Parece que hemos perdido el coraje colectivo, tras la superación de la comuna e, indudablemente, a este hecho se suma la falta de medios que hace que muchos sintamos como imposible la realización de nuestros proyectos.  La institución que debería fomentar la creación lo que hace, a efectos prácticos, es limitarla.



Lo poco de verdadero arte que hay, con componentes disidentes e imaginativos, ha carecido del apoyo de las instituciones o incluso es atacado, asediando iniciativas que enriquecen el tejido social. El arte mercancía es enemigo de la auténtica creatividad.  Por todas estas lagunas de la industria muchos vemos como una alternativa sostenible las cooperativas artísticas. A través de ellas  podemos rellenar los vacíos que impiden el desarrollo de una verdadera cultura y devolver al arte su función social con el fin de restablecer el impulso para el que fue concebido: creador de experiencias colectivas. Tenemos que ser más ambiciosos aún, en la expectativa de organizarnos -sin perder libertad y espontaneidad- para penetrar más profundamente en la sociedad y conseguir transformar al actor pasivo en un agente realmente activo, hasta que la creatividad sea entendida como una actividad popular e integrada. El arte que es amado, ama al pueblo, lo nutre, lo dota de una fuerza particular y lo hace brillar en todo su esplendor
Un nuevo arte sólo puede emerger desde la superación de la sociedad contemporánea, enferma del mismo mal que el sistema que la ampara. Sólo puede ser nuevo en la medida en que cree nuevas formas de actividad, convivencia, pensamiento y experiencias vividas, tanto físicas como sensibles.  Vivimos en una sociedad, que cada vez más, despoja a sus individuos de todo juicio que pueda poner en duda su soberanía e impide su sano porvenir.  Tenemos que huir de la tendencia al nihilismo de la que se desprende un rechazo al mundo contemporáneo y clarificar nuestro deber de ejercer una protesta global ante la afición del sistema por hacer desaparecer todo rastro de vida sensiblemente humana e intelectualmente elevada.  Por eso invitamos, a través del arte, no sólo a contemplar las ruinas que nos rodean, sino también a tomar las armas y participar en la alegría de la subversión y la revolución para acabar con el moribundo gigante que trata de aleccionarnos.
“El mundo posee desde hace tiempo el sueño de algo de lo que sólo necesita ser consciente para poseerlo en realidad”.  Recordando a Marx, podemos concluir que nuestras fantasías son uno de los mayores bienes que poseemos, a las que debemos otorgarle poder para que se hagan realidad. Entre esas fantasías se encuentra la voluntad de hacer evolucionar la sociedad hasta que sea capaz de reinventar su espacio, para que se puedan satisfacer el conjunto de sus deseos y pueda desearse el conjunto de su realidad. Muchos pensamos que podemos hacerlo, si pusiéramos todas las fuerzas acumuladas por el poder al servicio de nuestro deseo de vivir, nuestra inagotable imaginación, nuestros múltiples sueños y proyectos a medio realizar que constituyen una esencia común, la nuestra. Ese puede ser nuestro mensaje lanzado al mar de la posteridad.


Ensayo realizado para la publicación canaria Isla Descubierta. Próximamente adjuntaré el link para ver la revista online, 32 páginas de calidad que versan sobre el panorama cultural. 

miércoles, 2 de enero de 2013

El fuego



Inmersión en el infierno orgiástico. Remolinos delirantes de cuerpos desnudos que se entremezclan. Masa que se retuerce en la búsqueda de la unión ciega. Fuego sagrado al final del abismo. Río de energía que no encuentra límites. Bañados en su propio mar de fluidos, sangre y sudor. Saca de control lo más primitivo de la naturaleza. Orgasmo colectivo. Gran copulación. Descenso a agujeros negros. Multitud excitada hace la revolución. Burbujas extáticas les elevan varios metros sobre el suelo. Vaginas que con su rocío bañan la tierra voliendo a erotizarla.

domingo, 21 de octubre de 2012

Amor, arte y sociedad





“La filosofía de los gobiernos es una filosofía de la necesidad: todo es necesario, todo es obligatorio y los sueños de los hombres son imposibles”, A. Badiou.

Todo ocurrió en un cruce de caminos, bajo el sol de mediodía. El destino trágico del héroe se cumplió en una encrucijada polvorienta, cuando su espíritu se encontraba dominado por el irritante juego de los elementos, calor y sequedad. Esa es nuestra herencia, la necesidad. Pero ese camino de una sola vía llega a su fin y retornamos a un lugar donde la cultura de lo imposible ya no es posible. Iniciamos, por ello, una investigación sobre el porvenir, sobre lo no escrito y sobre lo posible, con la cita de un pensador revalorizado dentro de una actualidad sedienta de esperanza. Nuestro tiempo está condenado, una vez más, por imperativo existencial, a la lucha contra la maldición impuesta por el destino. Hoy, más que nunca, doblegarse no es posible. El cinismo y el conformismo postmoderno es un lujo que ya no podemos permitirnos sin correr el riego de sucumbir a una indolente autodestrucción.
¿Somos incapaces de pensar por encima de la lógica de la dominación?. Todo parece, o al menos, parecía indicar que sí, que era una posición inamovible. Pero esta trayectoria unidimensional tendrá que ser superada si queremos encontrar una alternativa al devenir de una sociedad enquistada en el intercambio compulsivo de mercancías, una obsesión que ha atrofiado nuestra capacidad crítica. Es preciso, por tanto, avivar la inteligencia y sensibilidad de los hombres para que pueda cuajar una decisión libre y comprometida con el desarrollo sostenible de la sociedad. La atrofia es tal que hemos interiorizado los mecanismos de dominación; una represión explícita no es necesaria para que nos comportemos conforme a lo que el sistema requiere para su reproducción. La publicidad invade cada rincón de lo cotidiano y estimula nuestro apetito insaciable de consumo con falsas necesidades cuya satisfacción no sólo no nos proporciona felicidad, sino que además este mecanismo garantiza la perpetuación de la dominación. Aparentemente, la razón, en tanto que razón instrumental, se encuentra hiperdesarrollada en “nuestro beneficio”. Entonces, ¿qué es lo que falla?, ¿por qué vemos crisis en lugar de cambio?.
Guy Debord nos despertaba del sueño complaciente de la sociedad del bienestar: “La sociedad está cada vez más enferma pero también se hace cada vez más fuerte, ha convertido el mundo en el entorno y decorado de su enfermedad”. El mundo está enfermo y nosotros perpetuamos esta enfermedad en la medida en que creemos en ella como un momento de la verdad. Creer que el mundo es así porque no puede ser de otra forma, es perpetuar su enfermedad. En consecuencia, en cuanto a seres humanos con capacidad de amar y crear, estamos en peligro de extinción. Esta crisis abarca todos los planos de la realidad humana: guerra, hambre, desigualdad de género, explotación, alienación… El cambio, por tanto, será global o no será porque mientras viva una persona bajo esta condición, que desprecia la dignidad humana más elemental, el resto no podrá ser feliz ni mucho menos libre. Esta tarea individual y colectiva nos pertenece si queremos ser dueños de nuestro porvenir. El capitalismo se está muriendo solo, sí, pero no acaba de morir. No podemos desesperar sino vislumbrar con claridad nuestras posibilidades para que, una vez aniquilado lo viejo, lo nuevo se oriente hacia la construcción del bien común. Es una oportunidad.
Corresponde a nuestra creatividad reinventar el mundo, de tal modo que despleguemos una alternativa vital proyectada sobre otros ejes cardinales. Podríamos, nada nos lo impide, concebir el arte y el amor como potencias transformadoras del espíritu y extraer todos sus componentes despreciados en la praxis social dominante. En un dinámica nueva el arte, lo ajeno a la razón instrumental, podría catalizar la apertura hacía una vivencia más sólida del gran anhelo, común a toda nuestra especie, de la única experiencia que puede mitigar nuestra conciencia de ser mortal y reconciliarnos con la existencia: el amor.
¿Qué pasaría si alimentamos nuestra inteligencia con un poco más de amor?. Amor en su sentido más profundo y complejo, ese que persigue lo bello y lo bueno en palabras de Platón, pero también ese que transforma y nos hace más capaces para enfrentarnos al mundo -más empáticos, más libres y más felices- porque construye un punto de vista común sobre la realidad a partir de la diferencia, como expone Badiou en su Elogio del amor. Ese amor nos permite superar la visión “única” y ampliarla mediante la alianza emocional con el otro, desde la que sería posible “construir una experiencia colectiva del mundo”.
En nuestra cultura el desarrollo desorbitado de la razón y la represión de lo femenino -otro componente oculto en el discurso oficial, reducido a un planteamiento numérico que rechaza la cuestión de los valores- han provocado una desconexión con nuestra esencia sensible, condenándonos a vivir desfiguraciones en un mundo de sombras que se comercializan. Esta represión de lo femenino es una construcción, creada y aceptada socialmente, nada inocente.
El egotismo tan representativo de nuestra época, tanto en su forma individual -la función del yo- como “a dos” -amplía el “yo” al “tú y yo”-, con todas los peligros que de él se derivan al no proponer un amor maduro basado en la diferencia porque la fusión en uno, propia del amor romántico, es el único vínculo que permite, organiza nuestra forma de comprender y proyectar la realidad condicionando nuestras relaciones. Ninguna de las formas de egotismo permite aunar un “nosotros” con el resto del mundo porque motiva el aislamiento. De ahí que no sea una forma de amor, como la que apunta Badiou, que permita construir una red colectiva desde la que se pueda catapultar un cambio social. Este encerramiento egótico en el yo impide la asimilación profunda de la experiencia, por eso nada penetra en nosotros, ni siquiera el resentimiento como potencia artística creadora, y nos quedamos en simple indignación. La vida no nos nutre y anhelamos un sentimiento hondo que nos transforme para elevarla a algo más que una sucesión de experiencias interesantes, pero en el fondo insuficientes. ¿Sólo podemos aspirar, en el mejor de los casos, a un “yo, tú y ellos”?”. ¿Somos incapaces de construir el ”nosotros”?.
Existe un exceso de cultura y facilidad de creación, pero este entramado artístico, lejos de calar en nosotros, siembra una semilla que no termina de germinar. Lo mismo ocurre con el amor, del que estamos acostumbrados a ver múltiples desfiguraciones de un amor idiotizado que el sistema vende como saludable y la sociedad acepta. Pero entendidos desde una perspectiva ajena a los esquemas establecidos, el arte y el amor se convierten en elementos activos para luchar contra la cosificación del individuo y pueden proponernos conexiones nuevas a través de las cuales experimentar formas de conciencia con las que construir una relación alternativa con el mundo. Hoy el grueso del arte y del amor está embrutecido y su potencial revolucionario ha sido reducido al mínimo exponente. Sólo recuperando esa capacidad puede contribuir a la superación de las nociones que de ellos mismos tenemos, y sus conexiones, y que hemos adquirido en este sistema que nos constriñe.
El artista es para el arte igual que el amante para el amor, creador. El creador es capaz de ver con claridad una realidad que pasa desapercibida a los ojos del resto y liberarlos del peso de la necesidad. En ese sentido, arte y amor pueden romper con lo impuesto porque hablan en un lenguaje misterioso y salvaje que pone freno al aplastante dominio del mundo-mercado.
Amar para transformar y transformar para amar es un par que se retroalimenta y en cuyo centro se encuentra el arte. Pero si el par amor-arte puede emerger como elemento revolucionario, ¿por qué no ejerce tal poder en la sociedad?. Algo no encaja, tanto en el mundo -y sus relaciones de poder y debilidad-, como en el arte -y su función liberadora que conecta con el espíritu y se eleva sobre lo consciente-. Tal vez la concepción errónea y superficial del amor, del arte, de la felicidad y de todas las cosas, su esencia y sus conexiones, es la que nos condena a ser menos conscientes de sus posibilidades, que son nuestras, y por ello más susceptibles de ser dominados. Contrariamente a lo que pensamos, en un mundo ilustrado, coherente, racional y -hay que decirlo- realista, el amor y el arte se harían cargo de su función social y alumbrarían el camino de una sociedad construida por seres capaces de amar, de crear, de desarrollar su potencial, de autogobernarse y de alcanzar la soñada Arcadia, tierra prometida jamás labrada. Todo ocurrirá en un cruce de caminos, bajo el sol de mediodía. El destino trágico del héroe se tornará afortunado, cuando su espíritu se encuentre liberado por el amor y el arte, convirtiéndole en creador de su porvenir


Alejandra García López


Texto para la revista Isla Descubierta. Recomiendo abiertamente la publicación y si os gusta apoyarla, necesitamos más iniciativas como ésta. Aquí os dejo el link que enlaza con la revista online. Disfrutarla! Isla descubierta nº 11 http://issuu.com/isladescubiertamagazine/docs/isla_descubierta_11




domingo, 30 de septiembre de 2012

La conciencia del caos


Diosa Kali


Empezamos a ser conscientes. Empezamos a ver la superestructura policial que amenaza a nuestra soñada sociedad. Empezamos a sentir el aliento de muerte de la absoluta represión y nula libertad a la que estamos sometidos. ¿Miedo? No.

El estado policial en el que vivimos, dentro del cual pretendíamos realizarnos y alcanzar la felicidad, se ha hecho visible. Gracias a eso, estamos siendo capaces de poner en marcha una maquinaria colectiva que desactive el yugo económico y social en el que nos vemos ahogados. Cuando la gente es consciente de que vive en un estado policial, represivo, peligroso y enfermizo, utiliza todos sus medios humanos, intelectuales y sensibles, para derrocar a ese poder establecido que nos condena a ser esclavos en manos de una élite económica del todo deshumanizada.

No nos engañemos más. La violencia injustificada es una realidad de nuestros días y esa violencia injustificada es legitimada por el estado, un estado que debería de garantizarnos calidad de vida y dignidad sobre todas las cosas, con la consiguiente consecución de objetivos fundamentales para el desarrollo existencial de cualquier persona. No nos engañemos más. Los agentes del orden son un peligro inminente para la sociedad. Las palizas que estamos viendo a través de los cientos de vídeos del 25 y el 29 S no son casos aislados. Forman ya parte de nuestro imaginario colectivo, de los archivos audiovisuales de nuestra propia memoria. Nunca en mi vida, hasta el 25 S había experimentado el gran peso de la monstruosidad policial. 

Las sirenas, la represión, la protesta, la voz del pueblo han pasado a formar parte del paisaje sonoro de la cuidad de Madrid, forman parte activa y predominante del paisaje sonoro de nuestro país. 


Necesitamos ayuda para poder poner frenos inmediatos a este cuerpo que teóricamente está para protegernos y contradictoriamente nos ataca y trata de amedrentarnos. 
Por eso consideramos coherente y natural exigir como derecho y garantía de defensa propia que estas personas a las que se le dan los medios y el poder de machacar a los indefensos pasen por las consultas de expertos en psicología, mandados desde Europa, que nos puedan asegurar que de verdad se está dando un arma a una persona capacitada para responsabilizarse de ella y no a un ser irracional.

La amenaza es real. La amenaza está aquí. Por eso quizás deberíamos empezar a pensar como lo que somos: una colectividad; deberíamos si queremos propulsar un desarrollo alternativo y sostenible de la sociedad. Ahora más que nunca es indispensable el altruismo porque nadie nos va a dar nada por cambiar las condiciones sociales de nuestro país. Es una tarea individual y colectiva que debe salir de nuestra voluntad. 

Pero no podemos desesperarnos, obviamente estamos en ese momento en el que lo viejo, el capitalismo, no acaba de morir y lo nuevo, eso que debemos construir, no acaba de nacer. Tenemos que ser fuertes, paciente y luchadores sin descanso. Tenemos que ser conscientes de que formamos parte de una generación que posiblemente tendrá que dedicar su vida entera a la consecución de este objetivo y probablemente no seamos nosotros los que comamos de sus frutos. Pero hay que hacerlo si queremos dejar una herencia beneficiosa y sana a las generaciones posteriores y porque la razón primera siempre es la libertad.