Desde las entrañas del volcán
Blog-experimento. Espacio onírico. Utopía en proceso de construcción. Soy comunicadora audiovisual, guionista, escritora, feminista, militante de lo colectivo, artista, activista, anticapitalista y hechicera de la revolución. Colaboro con varias publicaciones y me apunto a un bombardeo. Para propuestas amorosas y proyectos contacta conmigo: garcialopez.alejandra@gmail.com
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jueves, 26 de abril de 2012
La Isla del Infiero I
“Una prominencia bañada de plata terminaba en acantilado que daba al mar. Se escuchaba el canto de la noche y el vaivén de las olas al que se unió una respiración entrecortada, justo en el preciso instante en el que la tierra comenzó a temblar. Como si fuera el mismo humus el que inspiraba y expiraba la prominencia se empezó a excitar. Cuando llegó al climax del punto más alto de la montaña renació la joven en una nueva vida. Ella estaba desnuda y su piel se confundía con la tierra que la cubría. Se sintió llena de calor, de energía y por un momento su cuerpo parecido inundarse de llamas vivas. La joven tocó su piel y sintió el ardor. Tenía una sed insaciable y no de agua sino de vino y pasión. Delphyne. Respiró fuertemente, gritó y en el suelo se revolcó. Se hizo una con la madre que la había engendrado, devolviéndola a la vida que ella siempre había anhelado. Unos tambores lejanos llamaron su atención y siguió aquel canto a tres voces que la incitaba a moverse de forma instintiva sin ningún uso de razón. La melodía se convirtió en ditirambo. Del barro una planta de hiedra nació enroscándose imparable en una parra seca y sin vida. La joven estaba entusiasmada con lo que estaba viendo y de forma espontánea al ritmo de los tambores comenzó a moverse. También se unieron las castañuelas y los aulós y esa manía hecha música todo lo contagió. En un balanceo suave y sensual la joven elevaba su pie derecho e inclinaba la cabeza hacia atrás . Así danzó desnuda durante varias horas, envuelta en la locura del baile sin percatarse de lo que a su alrededor estaba ocurriendo”.
Texto para el blog La Caja del Diablo acompañado de diseños de Marina Molares y música de Dani Scream( Dream Pop, Lo Fi, Bedroom Pop, Glo Fi...). Descarga la sesión de La Isla del Infierno I.
La Isla del Infierno II
“La hiedra lo invadió todo y después de entre ella rosas negras y robustas cepas de parra brotaron sin cesar. Aquel lugar árido se había convertido en paraíso infernal. La joven extasiada se había olvidado de su sed pero aunque ella sentía que era sólo delirio en movimiento pronto sintió sus fuerzas agotarse y la necesidad de beber. Bromio. De entre las cepas apareció un carnero de ojos amarillos y mirada penetrante, robusto y con imponente y enorme cornamenta. Se acercó a la joven infundándole temor y pasión incontrolada. Ella respiraba fuertemente y de forma entrecortada en esa mezcla se sentimientos opuestos que la invadía de forma delirante y descontrolada. El carnero se acercó un poco más y olisqueó su vientre y tras emitir un alarido se elevó sobre sus dos patas traseras y se transformó en un hombre apuesto. Gleukos. El Dios infernal, el que duerme en los infiernos, había acudido a la llamada de la fémina pues él, solícito, siempre responde a invocaciones que suscitan su epifanía.”
Texto para el blog de La Caja del Diablo acompañado de diseños de Marina Molares y música de Dani Scream (Exótica, Bedroom, Pop, Dub...). Descarga la sesión de La Isla del Infierno II.
La isla del infierno III
“El hombre se acercó a una vid y arrancó un racimo de uvas tintas. La joven ofreció su boca con ansias de beber. El hombre acercó el racimo a sus labios que se abrían temblorosos esperando ser poseídos. Con sus manos grandes y sus dedos fuertes y finos exprimió las uvas de las que salía humo colorido. La joven gimió pues se quemó con el rojo vino, pero pronto el entusiasmo y el delirio recorrieron su cuerpo y su espíritu. Epiphaneia. En un parpadeo de la joven en el que asimilaba lo que estaba ocurriendo dentro de sí, el hombre había desaparecido. La luz plata se apagó y quedó todo en penumbra. La joven tenía un deseo demoníaco de volver a encontrar al hombre carnero y un aliento cálido hizo que comprendiera el misterio que ante sus ojos había acontecido. De las aguas del mar teñidas del color del vino emergió el sol infernal, acompañado de un rayo que encendió antorchas por todo el terreno y esa mano masculina de finos dedos y venas hinchadas de raíz indestructible, agarró a la joven por la cintura tan sutil como bruscamente. La tendió en el suelo y entre fuego, vides y ditirambo por el éxtasis fueron poseídos. Bugenes. Ven, oh héroe Dioniso…al templo junto al mar, al templo puro, desnúdame con tu fuego y poséeme con tu embriaguez y tu manía, tu delirio y tu éxtasis que incita a la vida libre, al thíasos, a la libertad infernal.”
Texto para el blog de La Caja del Diablo, acompañado de imágenes de Marina Molares y música de Dani Scream ( Drone, Psicodelia, Dream pop). Descarga la sesión de La isla del infierno III.
lunes, 16 de abril de 2012
Canto infernal
La joven no estaba acostumbrada a la gran ciudad. Ésa en la que el humo decoraba el aire y el gris de los edificios y el asfalto eran toda la paleta de colores que se podía contemplar, salpicada de escaparates desnudos de contenido y repletos de superficies vacías, y neones luminosos que anunciaban la decadencia disfrazada, a gritos, con su voz silenciosa. No era por falta de años para habituarse a ella, era precisamente la cantidad de años que había pasado en la capital la que le hacía escuchar la llamada de la naturaleza cada vez con más intensidad. Ella había crecido entre volcanes, rodeada de árboles y frutos, en contacto con lo más íntimo que había sentido jamás. Esa paz infinita y plena que te eleva y te invade cuando te sientes en libertad.
La libertad es un bien preciado que se torna más bien escaso en la ciudad. Algo tenía aquel entorno, que le perturbaba, que le hacía sentir repulsa y la cargaba de hastío emocional. La sensación de ahogo y de sentirse atrapada en un mundo en el que no se hallaba cada vez iba a más. La incomprensión de sus circunstancias y la impotencia acabaron por convertirse en rasgos de su personalidad. Era triste convivir con esa sensación de soledad, esa soledad que se siente no por estar sola, ella disfrutaba de esos momentos, sino por sentirse atrapada en un destino y unas condiciones que ella no quería aceptar. Consideraba que la vida era otra cosa más profunda y espiritual, sentía que su paso por la tierra, lugar con alma sensible e inteligencia, podía aportarle, en un intercambio recíproco, mucho más. Sentía ganas de hacer cosas con sus manos, de crear y de engendrar; de expandir su existencia y hacerla una con la tierra; de vivir el amor puro y encontrar la verdad.
Así la joven de ojos negros como ala de cuervo y tez oscura como la miel, se hizo una con la oscuridad y se entregó a la niebla siendo ésta su amiga fiel. Cual lechuza vivía de noche así podía disfrutar de las calles vacías y lo que más disfrutaba: sumergirse hasta llegar a ahogarse en las profundidades de su inconsciente. El mundo de los sueños en dónde las conexiones se establecen de forma espontánea y liberal. Así pronto comenzaron a llamarle vampiro por sus rasgos físicos y su forma de vivir y de pensar. Y ella desconfiaba de todo aquel que no lo fuera y no sintiera la pasión de la vida misma, la pulsión de lo original.
El mundo de las sombras le atraía fervientemente y más desde que vivía en la ciudad, como esa vena que se hincha esperando ser aliviada de la presión que fluye incesante por ella con espíritu indomable y ganas de expandirse y hacerse una con el todo. Los misterios nocturnos, el desenfreno del éxtasis, lo oculto bajo la superficie, lo serpenteante y húmedo, esos eran los lugares que le gustaba frecuentar. Cómo sólo accedía a ellos a través de los sueños ,el instinto de muerte la llamaba a tres voces: evohé, evohé, evohé…y sin poder evitarlo se dejó arrastrar.
Una prominencia bañada de plata terminaba en acantilado que daba al mar. Se escuchaba el canto de la noche y el vaivén de las olas al que se unió una respiración entrecortada, justo en el preciso instante en el que la tierra comenzó a temblar. Como si fuera el mismo humus el que inspiraba y expiraba la prominencia se empezó a excitar. Cuando llegó al climax, del punto más alto de la montaña renació la joven en una nueva vida. Ella estaba desnuda y su piel se confundía con la tierra que la cubría. Se sintió llena de calor, de energía y por un momento su cuerpo pareció inundarse de llamas vivas. La joven tocó su piel y sintió el ardor. Tenía una sed insaciable y no de agua sino de vino y pasión.
Respiró fuertemente, gritó y en el suelo se revolcó. Se hizo una con la madre que la había engendrado, devolviéndola a la vida que ella siempre había anhelado. Unos tambores lejanos llamaron su atención y siguió aquel canto a tres voces que la incitaba a moverse de forma instintiva sin ningún uso de razón. La melodía se convirtió en ditirambo. Del barro una planta de hiedra nació enroscándose imparable en una parra seca y sin vida. La joven estaba entusiasmada con lo que estaba viendo y de forma espontánea al ritmo de los tambores comenzó a moverse. También se unieron las castañuelas y los aulós y esa manía hecha música todo lo contagió. En un balanceo suave y sensual la joven elevaba su pie derecho e inclinaba la cabeza hacia atrás . Así danzó desnuda durante varias horas, envuelta en la locura del baile sin percatarse de lo que a su alrededor estaba ocurriendo.
La hiedra lo invadió todo y después de entre ella rosas negras y robustas cepas de parra brotaron sin cesar. Aquel lugar árido se había convertido en paraíso infernal. La joven extasiada se había olvidado de su sed, pero aunque ella sentía que era sólo delirio en movimiento pronto sintió sus fuerzas agotarse y la necesidad de beber.
De entre las cepas apareció un carnero de ojos amarillos y mirada penetrante, robusto y con imponente y enorme cornamenta. Se acercó a la joven infundándole temor y pasión incontrolada. Ella respiraba fuertemente y de forma entrecortada, en esa mezcla de sentimientos opuestos que la invadía de forma delirante y descontrolada. El carnero se acercó un poco más y olisqueó su vientre y su sexo y tras emitir un alarido se elevó sobre sus dos patas traseras y se transformó en un hombre apuesto.
El Dios infernal, el que duerme en los infiernos, había acudido a la llamada de la fémina pues él, solícito, siempre responde a invocaciones que suscitan su Epifanía.
El hombre se acercó a una vid y arrancó un racimo de uvas tintas. La joven, invadida por la embriaguez se arrodilló ante él quedando a la altura de su perpetua erección. Ofreció su boca con ansias de beber. El hombre acercó el racimo a sus labios que se abrían temblorosos esperando ser poseídos. Con sus manos grandes y sus dedos fuertes y finos exprimió las uvas de las que salía humo colorido. La joven gimió pues se quemó con el rojo vino, pero pronto el entusiasmo y el delirio recorrieron su cuerpo y su espíritu.
En un parpadeo de la joven, en el que asimilaba lo que estaba ocurriendo dentro de sí, el hombre había desaparecido. La luz plata se apagó y quedó todo en penumbra. La joven tenía un deseo demoníaco de volver a encontrar al hombre carnero y un aliento cálido hizo que comprendiera el misterio que ante sus ojos había acontecido. De las aguas del mar, teñidas del color del vino, emergió el sol infernal, acompañado de un rayo que encendió antorchas por todo el terreno y esa mano masculina de finos dedos y venas hinchadas de raíz indestructible, agarró a la joven por la cintura tan sutil como bruscamente. La tendió en el suelo y entre fuego, vides y ditirambo por el éxtasis fueron poseídos.
Ven, oh héroe Dioniso…al templo junto al mar, al templo puro, desnúdame con tu fuego y poséeme con tu embriaguez y tu manía, tu delirio y tu éxtasis que incita a la vida, al thíasos, a la libertad infernal.
martes, 13 de marzo de 2012
Sueños
Anoche soñé con tu tierra. Danzábamos desnudos por los alrededores del río, nos bañábamos, corríamos. Era mágico.
Todo estaba florido y con colores muy vivos. La brisa movía las hojas de los árboles emitiendo ése sonido tan característico y nos arropaba suave y cálida. El agua brillaba por los rayos del sol que se reflejaban. Era de día y de noche al mismo tiempo. La luna nos miraba y los planetas se alineaban en nuestro honor.
Convertidos en el uno, tu y yo y todo lo vivo que hay en la tierra comulgamos en el acto mágico. Olía a primavera. Los pájaros cantaban entonando una alegre sinfonía y tú te reías muchísimo.
Éramos felices. Éramos libres. A decir verdad ahora que lo recuerdo y por las emociones sensoriales que experimentaba, por la nitidez y el brillo de las cosas, parecía un sueño, pero no lo era…
Era así en realidad. Así de bello y así de misterioso. Era el paraíso. Probablemente porque cómo dijo Dovstoievski habíamos decidido hacer de la tierra el edén y lo habíamos conseguido...
El eterno retorno
Espera. Déjame un momento. Déjame pensar y hacerme a la idea. ¿Qué es lo que cambia?. Lo cambia todo, dijo ella mientras observaba el agua del embalse. No quería darse la vuelta. Prefería no verle por última vez. Sintió ganas de tirarse al agua, pero un torbellino de imágenes cargadas de eléctricas sensaciones le invadieron. Estaba paralizada. No quería pestañear por miedo a dejar de ver lo que estaba viendo.
Sitió nostalgia y un nudo al pensar que ya no se meterían juntos en la cama. No entrelazarían sus piernas. No sentiría esa incertidumbre, llena de agradable ingenuidad, al esperar un momento apasionado. Ni sentiría el ambiente caldeándose antes de que se produjera. No habría más excitación pensando en él. Tampoco más cosquilleos profundos y placenteros que la recorrían internamente cuando se besaban. Ni existirían más devorarse mutuamente. No existirían más marcas en su cuerpo que llevaban su firma. Ni escalofríos de placer al contemplarlas al día siguiente. No habría más mirarle mientras dormía. Ni despertares llenos de ternura, con sus cabezas pegadas y sus almas unidas. No habría más sincronía en sus respiraciones cuando estuvieran bajo un mismo edredón. Ni la plenitud y la paz de sentirse cosida a él por un hilo invisible. Ya no había esperanza en que pudieran compartir sus vidas de un modo completo y ser muy felices por ello…
Cuando recuperó el aliento pensó que no había nada peor que el dolor del alma. No entendía como había gente que no creía en el alma, el alma se siente cuando está feliz y baila, y se siente cuando sufre, pensaba. La conocía bien. La experimentaba dentro de su persona, luego existía. Le resultaba difícil describir el dolor del alma. Era como un agujero y, aunque contradictorio, un nudo. Un aflojarse los músculos y sentir cual era realmente el peso de su existencia. Pero tenía que llegar el momento en que el dolor se desvaneciera, no sin mucho esfuerzo. Ella aún estaba lejos de eso, pensó. Aunque sacó algo positivo de todo eso y es que había aprendido a amar y que enfrentarse a la realidad siempre es positivo por mucho que doliera.
Por fin reunió fuerzas para girarse y, en el fondo, se alivió de que él ya no estuviera. ¿Qué puedo hacer?, pensó la joven. Y un rayo de luz la iluminó y vio con claridad la situación en la que estaba inmersa.
¿Qué se puede hacer para convivir con el hecho de que la mayor fuente de alegrías es también la fuente del dolor más profundo?.
Nada, todo está en continuo movimiento. Es efímero. El misterio de la existencia y los ritmos que nos impone están fuera de nuestro alcance. Lo único que podemos hacer es disfrutar de los buenos momentos al máximo y saber cómo funciona nuestro complejo mental y emocional para poder hacer frente a los momentos malos. Sólo podemos aceptar que es así, aprender de nuestros errores, evolucionar y estar preparados para intentar hacer este viaje, emocionalmente arrollador, lo mejor posible, con la única certeza de que nada podemos controlar.
Lo único que podemos hacer es conservar la esperanza de encontrar nuestro lugar en el mundo y hacer de la existencia algo placentero, y que compartida o no, nos haga crecer hasta el máximo de dónde podemos llegar.
Lo único que podemos hacer es conservar la esperanza de encontrar nuestro lugar en el mundo y hacer de la existencia algo placentero, y que compartida o no, nos haga crecer hasta el máximo de dónde podemos llegar.
viernes, 3 de febrero de 2012
Historia de un calamar
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| El calamar se comió a la sardina |
El otro día compré calamares para cocinar. Llegué a casa contenta. Me relaja cocinar. Me preparé para estar cómoda, puse música y saqué el calamar del envoltorio. Me encantan los calamares. Mi relación con ellos siempre ha sido insólita.
Al verlo no puedo evitar sentir empatía con él, que hasta no hace mucho, nadaba a sus anchas, gozaba de vida. Sin embargo, un instinto animal me hace querer destriparlo. Ya he dicho que mi relación con los calamares siempre ha sido extraña, pero no por ello menos intensa y fascinante.
Desde pequeña me ha gustado limpiar el calamar. Gustado de una forma pasional, casi obsesiva. Al tocarlo, un torbellino de recuerdos me viene a la mente. Tantas veces he vivido esa situación, sin que por ese motivo haya sido ni un poquito menos satisfactoria.
Una curiosidad palpitante me invade como la primera vez al tenerlo ante mis ojos. Algo que late me incita a tocarlo. Cuando lo hago me siento en completa conexión con lo vivo que había en ese calamar. Ese tacto suave, firme, resbaladizo, acuático, que le permite moverse en las profundidades marinas.
Me gustaría tocarlo todo el rato. Me gustaría tener la piel así. Después de disfrutar de esa experiencia, en la que veo imágenes del calamar, nadando erguido, cambiando de color ante el peligro, algo me hace verlo como presa.
Mi instinto animal se torna devorador, y comienzo a quitarle la piel. Es una gozada experimentar cómo tirando un poquito sale prácticamente sola, y entera. Sin hacer apenas fuerzas, para quedar pegada a tus dedos, enroscada y agradablemente viscosa. Me asombra la facilidad con la que se le quita la piel y queda el calamar blanco, como si nunca hubiera llevado estampado encima.
Después viene lo mejor, quitarle los rejos y, de pronto, sentirte parte del calamar, cuando introduces tus dedos en él, para vaciarle sus entrañas. Con esas texturas con las que tanto disfruto, de diferentes tonos y formas. Pues estando yo inmersa en ese “vaciarle las entrañas al calamar”, que para mí siempre ha sido una especie de ritual mágico, experimenté una sorpresa aún mayor. El calamar tenía algo atravesado que me impedía vaciarlo del todo y no era su concha interna, plana y transparente.
Intenté agarrarlo con mis dedos y, tras dar con el ángulo adecuado, saqué una sardina entera que empezaba a ser digerida en el momento en que el calamar salió del agua para no volver a entrar. Maravilloso pensé. Reí y disfrute de los minutos de placer al sentir la sorpresa ante aquel descubrimiento. Me sobrecogió satisfactoriamente durante un buen rato.
Y no era porque no hubiera vivido ya momentos así. Muchas veces he sacado, limpiando pescado con mi padre, peces pequeños de otros más grandes. Pero nunca dejarán de impresionarme estos acontecimientos. Más estando aquí en Madrid, dónde me siento desafortunadamente menos conectada con la naturaleza, su magia y sus misterios.
Tras reponerme del impacto emocional que el calamar me había producido, ese viaje en el tiempo, abrí un vino para celebrarlo y seguí cocinando. Y pensé en lo que deseo de la vida, en mis objetivos. Uno de ellas es vivir en contacto con la naturaleza. Sentirme una con ella, experimentar cada día su impulso vital, seguir sus ciclos, maravillarme en cada momento con sus encantos. Lo conseguiré, pensaba. Si dedico todos mis esfuerzos a conseguirlo, llegará el día en que pueda vivir muy cerca del mar. Ya que no puedo vivir debajo del agua...Una cabañita, una cueva, lo que sea, algo humilde, no necesito mucho. Algo que me permita sentirme conectada con eso a lo que pertenezco.
Pasando de un pensamiento a otro, se me pasó rápido el tiempo. El calamar estaba hecho y listo para comer. Me gusta pensar pensé, antes de sentarme a comer. Comí mientras seguí pensando. Me salió estupendo, cuando las cosas se hacen con empeño, salen bien. Y comiendo experimenté otra sensación, cuanto menos, curiosa.
Siempre me gustaron los rejos. Es la parte que más me gusta. Tenía en el plato unos rejos no muy grandes, pero si aparatosos. Los pinché y me lo llevé a la boca. Obviamente no me cabían tan fácilmente, y me propuse no ayudarme de los dedos. Así volví a sentirme animal. Ingeniándomelas con movimientos de lengua, intentando comerme al calamar. Y me di cuenta de lo que estaba ocurriendo.
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| Yo me comí el calamar |
Estaba engullendo al calamar igual que él había hecho con la sardina, con la única ayuda de mi ingenio para usar la lengua y la elasticidad de mi boca. Era el ciclo. No pude evitar sentirme algo poderosa porque en esa lucha entre el calamar y yo, aunque injusta, había ganado yo.
Maravillada con lo ocurrido, fui digiriendo. Toqué mi tripa y pensé en el calamar, que ahora se había hecho uno conmigo.
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| El calamar y yo nos hicimos uno |
Cada uno vive como quiere y siente. Desde luego yo siento la magia y quiero sentirla. Porque la vida es mágica con sus simplezas y complejidades, con su orden espontáneo y sus encantos. La vida en estado puro, sin superestructuras creadas, está para gozarla...
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